lunes, 4 de febrero de 2013

La hora en que dejé de llorar


Es hora de dejar de llorar
Supongamos que he construido una vida y que estoy en la mitad de ella, que mis padres me han amado por sobre todo y que me dan la fuerza para seguir adelante.  Supongamos  que mis hermanos siempre me quisieron como yo a ellos y que hasta el día de hoy me enorgullecen por conservar el espíritu intacto, por convertirse en buenos hombres parándose de frente con la vida que cuesta para todos.   Supongamos que crecí en un hogar con muchas personas, y que cada una llena de recuerdos mi mente extraña. Mi tesoro lo llamo a veces, aquello que siempre intento recordar cuando existen momentos vulnerables como hoy. Supongamos que he luchado para conservar la esencia de niña y que al mirar las fotografías rescato más que un simple momento, sino una convicción de que los sentimientos de infancia deberían perdurar y no mancharse por consecuencia del crecer,  sobre todo cuando notas que la crudeza y la frialdad son cánones para enfrentar la vida, cuando la lucha comienza y decides seguir o detenerte en el tiempo. Supongamos que todo esto es verdad, y que se ha convertido en mi historia para contar, entonces ¿no sería tiempo de dejar de llorar?
Cuando parte de ti no ha sabido avanzar es conveniente cercar el problema y preguntarse por qué, porque si tienes una linda historia que contar no debería importar, y sin embargo importa. Te perturba el no entender que no has sabido resolverlo y que la supuesta inteligencia que tienes para resolver otra parte de la vida no sirve para concluir lo que está mal de ti y lo que tus ojos no han querido transmitir desde el centro más profundo. Luego de muchos intentos fallidos por generar algún código de anclaje, una matriz marcada por la decisión de caminos elegidos, resuelves callar o dejar de preguntarte por un tiempo, asumiendo que éste, en algún momento, te dará la explicación que necesitas para dejar la intranquilidad, pero recuerdo estar en la mitad de la vida y aún el tiempo no ha sido el disipador de  tales cuestionamientos, por el contrario, han generado incluso más dudas hasta el punto de considerarte un error. Y debo ser honesta,  no he siquiera alcanzado ese grado de sosiego, porque lamentablemente dejé de escuchar mi voz de niña y sus buenas intenciones.
Es triste no construir la vida con el corazón, a pesar de que lo involucras cuando al cerebro le va más que bien.  

Capítulo !

Se supone que todo tiene un comienzo... que toda historia tiene su primer capítulo y que en éste se introduce a un mundo por contar... pero me lo saltaré... no quiero empezar contando quién soy y porque escribo... quiero empezar con "tres puntos suspensivos"
Tres puntos suspensivos sirven para quedarse callado, para empezar una oración, para terminarla, sirven para distinguirlo del punto seguido, del punto final... Cada final de historia debería terminar con puntos suspensivos, pues por feliz o trágico que éste sea, jamás termina siendo un final verdadero... es solo una ilusión, una pausa, es sacar conclusiones y comenzar de nuevo...
Si la vida fuera una historia comenzaría con una oración en la que deberíamos distinguir sujetos, predicados, verbos y adjetivos... bueno.. apenas sabría distinguir mi vida... creo saber quién soy... aunque parece que muchas veces me pierdo con frecuencia... los verbos son muchos para enumerarlos y el resto cambia con frecuencia dependiendo del momento... entoces que realmente sé...?¿?¿? si todo es tan incierto... al menos sé que es una oración, que tiene estructura, y por ahí se comienza a entender lo demás...

Mi primer sueño


Desde muy pequeña iba a la casa de mi Tía Norita, la sede en calle Cienfuegos. Cuando tenía 3 años me fui a quedar, como de costumbre varios días. Esa era una casa muy mística y espiritual, en sus pasillos tenía cuadros basados en los signos del zodiaco, y las clases de meditación habitaban la casa algunos días. Un día estaba cerca de la playa, era de noche y sólo se veía la luna brillando sobre el mar. Sobre un monte vi la silueta de un centauro acercándose a la orilla de la cima más alta. Tenía un arco en sus manos y una flecha apuntando hacia donde estaba la luna. El centauro enfocó su tiro y dispara. La flecha le dio justo en el centro de la luna y cuando me doy vuelta a mirarla, ésta se quebró en dos partes. Lentamente cayó sobre el mar, muy triste por lo que había pasado. Como pude, me tiré al agua y nadé hasta donde estaban las dos partes flotando y las llevé hasta la orilla. Corrí muy rápido para buscar un pegamento y con mucho cuidado la pegué. Me quedé con ella, le di un abrazo y como un globito, salté y la lancé hacia arriba; Subió y subió, y cuando llegó al cielo me dio una gran sonrisa y me saludó agradeciendo lo que hice por ella. Yo me puse muy contenta por haberla ayudado  y también la saludé…. De pronto escuché la voz de mi tía Norita que me estaba llamando, abrí los ojos y ya estaba de día. La tía, me estaba avisando que el sol ya había salido y que despertara para tomar un rico desayuno para luego salir a comprar.