Es hora de dejar de llorar
Supongamos que he construido una vida y que estoy en la
mitad de ella, que mis padres me han amado por sobre todo y que me dan la
fuerza para seguir adelante.
Supongamos que mis hermanos
siempre me quisieron como yo a ellos y que hasta el día de hoy me enorgullecen
por conservar el espíritu intacto, por convertirse en buenos hombres parándose
de frente con la vida que cuesta para todos.
Supongamos que crecí en un hogar con muchas personas, y que cada una
llena de recuerdos mi mente extraña. Mi tesoro lo llamo a veces, aquello que
siempre intento recordar cuando existen momentos vulnerables como hoy.
Supongamos que he luchado para conservar la esencia de niña y que al mirar las
fotografías rescato más que un simple momento, sino una convicción de que los sentimientos
de infancia deberían perdurar y no mancharse por consecuencia del crecer, sobre todo cuando notas que la crudeza y la
frialdad son cánones para enfrentar la vida, cuando la lucha comienza y decides
seguir o detenerte en el tiempo. Supongamos que todo esto es verdad, y que se
ha convertido en mi historia para contar, entonces ¿no sería tiempo de dejar de
llorar?
Cuando parte de ti no ha sabido avanzar es conveniente
cercar el problema y preguntarse por qué, porque si tienes una linda historia que
contar no debería importar, y sin embargo importa. Te perturba el no entender
que no has sabido resolverlo y que la supuesta inteligencia que tienes para
resolver otra parte de la vida no sirve para concluir lo que está mal de ti y
lo que tus ojos no han querido transmitir desde el centro más profundo. Luego
de muchos intentos fallidos por generar algún código de anclaje, una matriz
marcada por la decisión de caminos elegidos, resuelves callar o dejar de
preguntarte por un tiempo, asumiendo que éste, en algún momento, te dará la
explicación que necesitas para dejar la intranquilidad, pero recuerdo estar en
la mitad de la vida y aún el tiempo no ha sido el disipador de tales cuestionamientos, por el contrario, han
generado incluso más dudas hasta el punto de considerarte un error. Y debo ser
honesta, no he siquiera alcanzado ese
grado de sosiego, porque lamentablemente dejé de escuchar mi voz de niña y sus
buenas intenciones.
Es triste no construir la vida con el corazón, a pesar de
que lo involucras cuando al cerebro le va más que bien.
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